El mar no es suficiente

El mar no es suficiente libro

Lavandera Blanca | Cuento | Literatura | Relato Corto

Un pequeño martilleo comenzó a sonar tras la ventana. Eran las 7 de la mañana y Clara estaba despierta, echada en la cama, de un rápido respingo Clara se incorporó, se colocó sus pesadas botas y salió al bosque.

No era fácil para la más pequeña de la casa llevar todas las tareas. Su padre Mateo y su madre Eva salían todas las mañanas al bosque, dedicados a la elaboración de carbón pasaban el día, casi siempre acompañados por su hermano, Pedro. Gracias al carbón la familia no pasaba por grandes dificultades. Mateo siempre comentaba con orgullo que era el mejor carbón de la zona, un carbón demandado por familias de todo el condado. Las encinas y el saber hacer de la familia era popular y todo el carbón que producían, estaba previamente reservado.

Para Eva no era fácil dejar todo el día sola a un pequeña de 8 años, antes de cerrar la puerta para salir al bosque, su mirada se iba triste hacía ella. Pronto podría ir Clara con su padre y hermano, pero mientras tanto se debía quedar en casa.

Clara era una niña feliz, a pesar del frío del invierno disfrutaba con las tareas de la casa, sobre todo cuidando de los animales de la pequeña granja. Su rutina diaria pasaba por dar de comer a los 3 cerdos, 10 gallinas, 4 conejos y 4 pequeños armadillos. Era lo primero que hacía, incluso antes que desayunar.

La rutina diaria seguía con la leña, no muy lejos de la casa, en una gran pila, Clara iba cogiendo los troncos más pequeños y secos para encender la lumbre. Con mucho cuidado y maña, todas las mañanas encendía la chimenea, ponía la olla para tener preparada la comida para la llegada de su familia alrededor de las 4 de la tarde. Clara cogía su pequeño taburete, elegía un libro de la repisa y leía durante horas cerca del calor de la lumbre. Rara vez su rutina diaria se veía alterada por nada.

Aquella mañana, Clara volvió a escuchar un martilleo en la ventana, llevaba escuchándolo varios días, pero ninguno había prestado demasiada atención. Aquella mañana Clara abrió la hoja de la ventana y vio como un pequeño pájaro golpeaba el cristal una y otra vez. Tomaba carrera y saltaba para golpear el cristal con las pequeñas patas. Ese comportamiento del pájaro asombro a la pequeña Clara, que cerró con rapidez la ventana.

Comenzó a pensar en la primera vez que había oído aquel sonido, hacía más de una semana que lo había escuchado. Era un sonido que llevaba escuchando varias veces al día desde hacía por lo menos 7 días.

Los días pasaban, la misma rutina, y el mismo sonido, ¿por qué aquel extraño comportamiento?, Clara se ponía nerviosa cada vez que lo escuchaba, para ella era algo que no era un comportamiento normal de un pájaro. Algunas veces abría la ventana para ver chocar a aquel pequeño pájaro contra el cristal. Pero con la misma velocidad que la abría, la volvía a cerrar, aquel comportamiento de aquel pájaro la aterraba, la piel se le erizaba y el sudor comenzaba a correr por su frente.

Una noche, estando toda la familia sentada alrededor de la hoguera, Clara sacó el tema:

– Papá, ¿sabes que hay un pájaro que viene varias veces todos los días y choca contra el cristal de mi habitación? – dijo Clara encogida, con voz apagada Estará buscando el calor de la casa Clara, ahora hace frío y los animales sienten el calor

– Pero Papá, ¿eso nunca había pasado antes? ¿por qué sólo lo hace este pájaro?

-No te preocupes Clara, es normal, los animales se desorientan, y a veces tienen comportamientos extraños, además dicen que es augurio de buena suerte que un pájaro choche en tu ventana. Ya verás como en unos pocos días se va y te olvidarás de él – Dijo Mateo zanjando el asunto.

La explicación no tranquilizó a Clara, se fue a la cama deseando que ese pájaro no volviese nunca más a su ventana.

A la mañana siguiente Clara pasó cerca de la ventana, abrió con cuidado la pequeña hoja, se asomó poco a poco pero el pequeño pájaro no estaba allí. Abstraída en las tareas de la pequeña granja, y de la casa, pasó el día y fue al destapar la ropa de la cama cuando se percató de que no había escuchado el martilleo en todo el día.

Pasaron varios días, y para Clara ya era un recuerdo lejano el martilleo del pájaro en su ventana, Clara pensó en la explicación de su padre, llevaba razón, se había ido.

Era uno de los días más fríos del invierno, Clara salió a la puerta a por la leña, y un ruido la asustó, había algo dentro de la granja, miró a su derecha y vio un gran agujero en la valla, Clara gritó con fuerza, los animales se habían escapado, se acercó con cuidado, allí se encontraba un lobo comiéndose una gallina, se quedó quieta, le miró, el lobo gruñó, Clara tapó con un gran tronco el agujero por el que el lobo había entrado dejándolo encerrado. Entonces a lo lejos pudo ver a los cerdos corriendo. Clara salió tras ellos, ya estaba casi anocheciendo y las sombras la confundían. Las matas a su alrededor comenzaron a moverse, las ramas se movían con movimientos enérgicos, Clara cayó al suelo, estaba perdida, y a lo lejos comenzó a escuchar el aullido de un lobo, se levantó y comenzó a correr en dirección contraría, pero pronto volvió a caer. Tirada en la tierra húmeda, entre matorrales, asustada y mojada escuchó de nuevo el aullido de un lobo, la estaban rodeando. Su padre le había explicado muchas veces la forma de caza en manada de los lobos, rodaban a la presa para una vez sin escapatoria lanzarse sobre ella.

Clara oía cada vez más cerca los aullidos de los lobos, no era capaz de identificar dónde se encontraba, tirada en el suelo y sin esperanzas, comenzó a oír el sonido del pequeño pájaro martilleando su ventana, se levantó a toda velocidad y siguió el sonido de su ventana, era un sonido tenue, pero con cada paso lo escuchaba más nítido, el sonido no cesaba. Clara saltó un gran matorral y cayó ladera abajo, con un gran esfuerzo alzó la cabeza y allí se encontró a Mateo, su padre, había llegado a su casa. El pájaro se colocó en la alambrada, cerca de ella. Clara lo miró, su ojos le dijeron “Gracias”. La Lavandera Blanca alzó el vuelo y nunca más se volvió a ver por allí.

Cuento de Santiago López.