El mar no es suficiente

El mar no es suficiente libro

Cuento, la felicidad es soñar

Bajó con cuidado los escalones, llevaba media vida allí y había visto como se iban astillando, como cada hebra de madera se iba despegando de la otra, el pasamanos había desaparecido casi en su totalidad, sólo quedaban pequeñas partes que sobresalían de la pared como brazos con ganas de atrapar a alguien.

En la calle hacía un frío seco, el frío que te lleva de forma instintiva a subirte la raída solapa de la vieja chaqueta de paño marrón. Cogió la fila de la derecha, la que cada mañana le llevaba al punto de control C1, miró hacía el suelo y se miró los dedos que le aparecían a través del calzado, se fijó en sus calcetines y en como el hilo se entrelazaba en diferentes colores para formar un consistente tejido. Era su forma de no pensar en lo que le esperaba cada mañana. A lo lejos vio a Peter, lo conocía casi desde el primer día, se acercó a él, sus miradas se cruzaron, pero como casi todas las mañanas ninguno de los dos rompió aquel silencio. Vio a Peter desaparecer, sabía que podía ser la última vez que se vieran, pero no le importó.

En mitad de la fila, levantó la cabeza y vio su número de referencia en la pantalla, el mismo guardia desde hacía diez años le miro y le dio paso, cuando llegó a su altura el guardia bajó la cabeza, en su cara se reflejaba el temor, pasó a su lado y con un suave gesto intencionado rozó su mano con la de aquel vigilante, un estallido eléctrico recorrió su cuerpo, el guardia levantó la cabeza y llevo la mirada al frente, al infinito, a un punto inconcreto.

Dos escalones separaban la entrada a la máquina de control, subió el primero, el segundo con un paso más lento, el estomago comenzó a quejarse, llevaba 10 años y no era capaz de controlar los nervios previos al control. Decidido, con un paso rápido y firme se adentró en ella, se quedó parado, con los brazos pegados a sus piernas formando una figura solida y consistente, vio venir la luz roja, pasó sobre él y la puerta trasera al igual que los otros 3.652 días se abrió mostrando la tenue luz de aquel nublado día.

En la calle se podía ver la fila de personas que ya habían salido del control, con la misma distancia entre ellos y con la misma cadencia de paso formaban una fila que desde arriba deberían parecer pequeños puntos negros en movimiento, una secuencia perfecta hasta la puerta de salida.

Cuando llegó a su casa apenas había pasado una hora, se sentó en su sillón clásico de brazos anchos, puso sus manos sobre los brazos del sillón, respiró hondo y echó la cabeza hacía atrás, cerró los ojos y comenzó a soñar, comenzó a percibir el aire puro, la hierba húmeda mojando sus pies descalzos. Comenzó a ver a la pequeña Lisa, al pequeño Edgar y a Clara. Comenzó a ver el sol en la vertical más alta del cielo, a las nubes correr hacía él aceleradas por el viento, sintió como una hoja seca le golpeaba la cara, produciéndole una placentera sensación de pertenencia. Un sonido lo sacó de su ensoñación, miró hacía la ventana y vio una bolsa de plástico blanco enganchada en el cristal roto de la ventana, se levantó despacio, se acercó y desenganchó la bolsa, la lanzó con fuerza a la calle echa una bola, se dio la vuelta y se acercó a la vieja nevera, no estaba conectada a la electricidad desde hacía mucho, rebuscó entre los cartones de leche y encontró un viejo y duro salchichón salpicado de moho, lo limpió por encima y volvió al sillón.

Recordó cuando todo iba bien, y comenzó a recordar como el gradual apego a lo material había comenzado a producir un gradual desapego a la vida, se quedó dormido, pasaron varias horas, el frío lo despertó, se levantó y se fue hacía el sofá. La luz comenzó a calentar su cara, se despertó con una confortable sensación, pero esa sensación se fue apagando conforme iba tomando conciencia. Se echó agua en la cara, bajó las escaleras y salió por la puerta. Era el día 3.653 en esa misma cola, buscó a Peter con la mirada, esta vez no logró verlo, siguió adelante, pasó y rozó con su mano la mano del guardia que con la cabeza gacha esperaba su paso, subió los dos escalones que llevaban a la máquina, se situó con los brazos pegados a sus piernas formando una figura solida y consistente y una luz roja se acercó a él, la luz cogió velocidad y atravesó su corazón, cayó al suelo despacio, como si sus músculos todavía fuesen capaces de contener el peso de su cuerpo. Con la mirada buscó el consuelo, cerró los ojos y soñó.