El mar no es suficiente

El mar no es suficiente libro

El violín de la pesada tristeza, cuento | Relato corto

Entró en la fría habitación, en el fondo robusto como un gigante, un armario de madera, de un color intenso, casi negro, el olor era tan intenso que se echó las manos a la nariz, era un olor viejo, un olor que pocas veces había sentido. Se quedó mirando el viejo armario, junto a él un atril, posiblemente fabricado con la misma madera. Sólo pudo ver su pata, ancha y con una cuadratura perfecta. Lo cubría una sábana amarillenta. Se fue hacía el atril, quitó de un golpe seco la sábana, y allí estaba.

Lo había estado buscando durante años, no recordaba cuantos. El viejo violín que citaban todas las leyendas. Alzó las manos hacía él, por un momento pudo ver las arrugas, surcos que descendían hacía sus dedos, grandes grietas. Aquella arrugas no estaban allí cuando comenzó a buscarlo. Sin duda, ese aspecto era una consecuencia de aquella aciaga búsqueda.

Lo cogió como quien coge el objeto más delicado del mundo, estaba encandilado. En su rostro se podía ver la fascinación que sentía. Cogió el arco y se colocó el violín sobre su cuello. Cerró los ojos y comenzó a tocar, muy despacio. Era un sonido hipnotizador.  Volvió a abrir los ojos, sacó su vieja mochila desgastada y lo metió con un gran cuidado, después el arco. Cerró la mochila, salió por la puerta. Bajó las anchas escaleras y salió por la puerta principal. Volvió la cabeza atrás para ver la inmensa puerta marrón. Cerró con fuerza y salió por el inmenso jardín descuidado.

Su vida había cobrado un nuevo sentido, la búsqueda había dado paso a la libertad. Se sentía libre para ir a donde quisiese. Su alma se liberó como se libera un pájaro de una jaula. De pronto comenzó a ver un mundo sin barreras, no había sitio al que no podía ir. Sus años de búsqueda lo habían mantenido ajeno a lo que le rodeaba, había estado encerrado en una jaula que sólo era capaz de abrir con aquel violín.

Andaba por un camino de tierra, a los lados le acompañaba una interminable hilera de robles. Tenía que buscar mujeres y hombres, tenía que escuchar historias. Tenía que tocar aquel violín para la gente. Había pasado dos días sin encontrar a nadie, pero sabía que estaba llegando a una zona de muchos pueblos.

A lo lejos, dos figuras se iban acercando, entrecerró los ojos para ver con más nitidez, eran una persona mayor y una niña. Un abuelo y su nieta. Cuando llegaron a su altura los saludó quitándose el raído sombrero. La niña saludó con una sonrisa. El hombre mayor miró con desconfianza. Había tenido un aspecto mejor, su ropa estaba sucia y raída. Pero en sus ojos pudo ver que era un hombre de confianza. Se detuvo:

– No es de por aquí – le preguntó con una clara afirmación.

– No, llevo muchos años de búsqueda, comienza una de descubrimiento.

– Las búsquedas siempre desgastan – le dijo con tristeza.

– Mucho, es un precio que debía pagar por encontrar algo muy valioso.

– ¿Le puedo ayudar en algo?

– Una buena ducha no me vendría mal…

– Pues venga a mi casa, está muy cerca, le daremos de cenar y lavaremos esas ropas.

Era una casa humilde, pero muy cuidada, entraron al pequeño salón, la niña se dio un salto al sofá, cogió un peluche de gran tamaño y se tapó con la manta. El abuelo le mostró donde estaba el aseo, le dio ropa limpia y comenzó a preparar la cena.

Cuando salió del aseo parecía otra persona, había rejuvenecido, todavía llevaba una larga y descuidada barba, pero su aspecto era totalmente distinto, incluso la expresión de su cara.

Se sentó en la mesa con el abuelo y la nieta, observó con detenimiento sus expresiones. Tenía que saber a toda costa si eran felices. Se miraban con mucho cariño, aunque en la mirada del abuelo podía ver tristeza, el amor hacia su nieta le daba un importante sentido a su vida. No debía hacer nada por ellos. Saldría de allí en cuanto acabara la cena.

Con el último bocado se despidió del abuelo y de la nieta, a pesar de las insistencias del abuelo debía seguir su camino, no sabia durante cuanto tiempo podría recorrer aquellos caminos.

A los cinco días de haber encontrado el violín y después de haberse encontrado con muchas personas se encontró con un pequeño niño, sólo, eran los ojos más tristes que había visto en mucho tiempo. Los ojos eran enciclopedias para él, era capaz de llegar a lo más profundo del alma con sólo mirar fijamente a los ojos.

Aquellos ojos sin duda le estaban pidiendo ayuda, se acercó a él y sin mediar palabra, se descolgó su mochila, sacó el violín, el arco y comenzó a tocar. El niño dio un paso hacia atrás, pero la música comenzó a atraerlo. Tocaba con los ojos cerrados y el niño se quedó quieto, mirando los rítmicos movimientos del arco. De pronto algo parecido a una espesa niebla negra comenzó a salir por los hombros y cabeza del niño. La niebla subió hacía el violín y entró por los calados en forma de F.

Tras unos minutos paró de tocar, le puso una mano al niño sobre la cabeza, con un suave giro hacia atrás, levanto su cabeza, y como un médico diagnostica a su paciente, le observó los ojos. No quedaba rastro de tristeza. Podía ver la serenidad del niño en su mirada.

De la boca del niño no salió ninguna palabra, solamente una sonrisa que seguramente sería eterna.

Dejó al niño atrás,  se dio la vuelta para verlo por última vez, caminaba en dirección contraria dando pequeños saltos, era evidente el nuevo ánimo del niño. Se echó la mochila a la espalda, le costó más echarla a la espalda, estaba más pesada.

Necesitaba un descanso, llevaba varios días andando por empinados caminos. El frío estaba haciendo de nuevo acto de presencia, había usado el violín unas 10 veces desde que salió de la vieja casa donde lo había encontrado. Conocía aquellas tierras, conocía una vieja posada en la que posiblemente se le necesitara.

Llegó a la posada ya entrada la noche, estaba cerrada, tocó con gran fuerza la puerta. Desde dentro se escuchó movimiento. Se escuchó como se abría un viejo pasador. Abrió una joven con aspecto cansado y triste.

– Mi padre te estaba esperando – dijo aquella joven, serena, con el reproche en su tono.

– Lo sé, esperaba verlo todavía vivo.

– Está mal, ¿lo has encontrado?

– Si

Se acercó al viejo que yacía sobre la cama, tenía los ojos cerrados y parecía sufrir. Sin decir nada, sacó el viejo violín de la mochila y comenzó a tocar. El humo negro comenzó a subir hacía el violín. La joven cogió la mano de su padre, este con los ojos cerrados, esbozó una sonrisa y dejó de respirar. Su cuerpo dejó un semblante de paz absoluta.

Metió con cuidado el violín en la mochila, pero cuando fue a levantarla, cayó sobre el suelo, ya no podía con esa pesada carga. El violín pesaba demasiado para su edad, pero sobre todo pesaba mucho por la tristeza, se había llenado de tristeza, una tristeza ajena encerrada en ese violín que él ya no podía aguantar.

La joven lo recostó sobre una cama, le quitó la ropa, lo tapo con la mantas, se agachó, cogió el violín y comenzó a tocar. El humo negro salía de su cuerpo hacia la chica, él cerró los ojos, dejó de escuchar el violín y espero allí, espero a que llegara su hora.

La puerta de la posada se abrió, la chica con una raída mochila, salió por la puerta, a los pocos pasos miró hacía atrás, sabiendo que era la última vez que vería aquella vieja posada.

Cuento de Santiago López.