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Relato corto – El pedal derecho

relato corto - el pedal derecho
Relato corto – El pedal derecho
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Cuento – Relato Corto – El pedal derecho

Miró a un lado y a otro, el puente de piedra tenía una fuerte inclinación, se levantó de la bicicleta y toda su energía fue al pedal derecho, al llegar al final de la cuesta se sentó en el sillín y comenzó a bajar la cuesta de idéntica inclinación a la subida. El pie derecho comenzó a describir una ligera desviación de la rotación circular normal del pedal, miró preocupado desviando la atención del final del puente, levantó la vista, una figura negra apareció al final del puente, tiró del freno y cayó sin apenas hacer ruido sobre el firme empedrado, cuando levantó la vista se encontraba solo en mitad de la oscuridad.

Mateo se levantó sacudiéndose la chaqueta de pana marrón, cuando metió la mano en el bolsillo para comprobar que todavía lo llevaba, los dedos indice y corazón aparecieron por la parte delantera de la chaqueta como dos gusanos en busca de luz. Comprobó que todavía llevaba el paquete envuelto en cartón con hilo y lo cambio de bolsillo.

La noche era fría, comenzó a pedalear dejando el pueblo a su espalda, apenas se dibujaba media luna en el cielo, la luz producida por la dinamo de la bicicleta no alcanzaba más de dos metros, no estaba lejos de la posada cuando el silbido de una bala le adelantó a la velocidad de un rayo, tocó el suave hierro que hacía de palanca de freno, describía una curvatura justo en su dedo indice, estaba helada, corroída por el oxido. Conocía cada imperfección de la ya casi extinta pintura verde que hacía años lucia aquella bicicleta, la apretó con todas sus fuerzas, la rueda de atrás derrapó y fue capaz de tirarse a la cuneta como si fuesen un solo cuerpo bicicleta y hombre.  A los pocos segundos el sonido de un viejo dos caballos de la guardia civil paso junto a él.

Como el que tiene certeza de la desgracia, Mateo palpó por fuera del bolsillo esperando encontrar el paquete, la chaqueta tenía un pronunciado bulto que lo tranquilizó, Agarrando la bicicleta del sillín, colocó de nuevo la rueda trasera sobre la calzada polvorienta, apagó la tenue luz que llevaba en la rueda delantero y prosiguió su camino sin apenas ver nada.

Al llegar a la posada se encontró un gran bullicio en la entrada, el arco empedrado de la entrada desprendía gotas de la densa humedad, Mateo se secó la gota de la cabeza, se encaminó hacia la parte trasera de la posada, si fijó en la luz de la última habitación, la luz casi se podía tocar como una esponja de mar entre la niebla, se agachó con el miedo sobre sus hombros, pesado como una losa, palpó el suelo y cogió la piedra más pequeña que pudo encontrar, la tiró contra la ventana y la luz se apagó.

Clara cogió a Mateo de la mano, con largas zancadas se introdujeron en el bosque, la humedad de la hierba mojaba sus pies, Mateo se detuvo con brusquedad, acarició el cuello de Clara y la besó, cayeron al suelo de rodillas, juntos, “Mateo, dos años he estado esperando este momento”, el suave susurro rompió el silencio del bosque, una rama crujió a muy pocos pasos y tres figuras aparecieron entre la negrura de la noche, con un rápido tirón Clara fue arrancada de los brazos de Mateo, la figura más alta y voluminosa golpeó a Mateo en la cabeza, cayó al suelo entre las hierbas, aturdido, levantó la cabeza y vio como dos figuras se llevaban a Clara por un camino que se adentraba en el bosque, Mateo levantó la vista con el tiempo justo de cubrirse la cara de otro ataque.

Se levantó, corrió hacía su bicicleta sin prestar atención al gigante que le perseguía, cuando llegó a la posada todos se quedaron mirando su cara ensangrentada, agarró la bicicleta del cuadro, le dio la vuelta y de un salto se montó sobre el sillín, el manillar se tiñó de rojo de su sangre. Dio dos enérgicas pedaladas, al llegar a la altura del gigante de negro el pedal derecho falló, salió despedido hacía atrás, Mateo perdió el apoyo del pedal y cayó al suelo, con la cara llena de barro miró hacía atrás con el tiempo justo de ver como el gigante se agachaba a recoger una recia rama, Mateo se sacó el paquete de su bolsillo, se lo puso bajo el pecho y lo agarro con fuerza, fijó la mirada en un llamativo color violeta, su último suspiro se llenó del olor del espliego.

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